03:12 a.m.
Una vez más me encuentro sentada en la cabecera de mi cama, escuchando equis o ye tipo de música que aparezca, y claro, así mismo dejándome llevar por eso.
Siempre he pensado en la vida como un camino inconcluso. Y lo es.
Estar en los días de soledad y aún a gusto en cualquier rincón del mundo, encerrado mentalmente allí, pensando en qué hacer con la vida.
Yo no tengo de qué preocuparme. Hasta ahora son mínimas las situaciones por las que llego a corres en círculo y que de verdad valgan el hecho.
¿Recuerdan su niñez?
Siéntanse viejos o viejas por unos minutos. No les hará daño, lo prometo.
La vida es una y hasta que no conozca a la primera persona que haya vivido dos veces no dejaré de disfrutar cada segundo como si fuera el último.
Siempre se hace esa promesa y así mismo se deja pasar como el polvo en viento.
Pero no. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para preguntarse el por qué no haber hecho algo después de muchos años ya a punto de dejar este mundo tan cerrado y normal? No.