Una noche de vodka.


Eran las 08:40 de la noche, por no decir que un poco más. Quería vodka. El día en la oficina no había sido de los mejores que pasé, necesitaba salir de allí y dejar que mi mente volara por unas cuantas horas... Igual, era viernes, nada ni nadie podía prohibirme entrar al bar de siempre a tomar algo.

Le pedí al mesero que me trajera una botella; mi "botella de fin de semana" decía él.
Nunca le vi problema a hablar con extraños siempre y cuando fuera en el bar porque, por supuesto, si estaban ahí era por algo, que de alguna u otra manera serían las mismas razones que tenía yo para dejarme ir en ese lugar, así que ¿por qué no dedicarle de mi tiempo a personas que sin conocer, sé que me entienden?
Fue entonces cuando, como si se tratara de un cuento de princesas, lo vi sentado en una mesa al final de la barra.
Cualquiera supondría que él vendría hacia mí con un caminado grácil y de galán, trataría de conquistarme y llevarme a su cama... O éso pensé yo cuando, incluso a lo lejos, vi la picardía de sus ojos grises, cómo me miraba y alzaba su copa, como invitándome a su mesa.

Sí, es verdad que ni soy ni me considero la mujer más hermosa de esta ciudad, mucho menos del bar; habiendo rubias despampanantes y voluptuosas, pelirrojas disponibles a una noche de sexo gratis y sin compromisos porque, siendo mujer, ¿no es eso lo que los hombres quieren? Entonces ¿qué hace él invitándome a mí? Una morena de ojos cafés, cabello rizado negro, botas, jean y esqueleto... ¡Faltaba poco para que hubiera un letrero en mi frente diciendo "Aléjate"! En fin, nada perdería con sólo mirarlo.

Al notar mi indiferencia, pude ver cómo sus mejillas se ponían rojas y bajaba su copa lentamente, llevando su mano a la cabeza, intentando esconder su pena.
No pude evitar soltar una carcajada. Había pasado 22 años de mi vida siendo el atractivo e incluso la sombra de cuantas fiestas frecuentaba y ahora él aparecía apenado porque no le devolví su grato saludo.
Volví a mirar mi botella, con mi sonrisa aún asomada cuando el mesero se acerca, poniendo una servilleta en mi mesa que decía: "Linda sonrisa"... ¡Linda sonrisa! No sabía si lo que empezaba a sentir eran ganas de lanzarle la servilleta en la cara o sólo reírme.
Decidí dejar la servilleta a un lado y seguir con mi ritual de embriaguez.


Desperté en el sofá de mi casa preguntándome cómo demonios pude terminar ahí después de perderme en vodka después de la segunda botella.
Me levanté y me cogí la cabeza pretendiendo que dejara de darme vueltas. 
Había una taza de café caliente sobre la mesa y al lado una servilleta que me resultó demasiado familiar para mi gusto; sentí un vacío en la boca del estómago con sólo imaginarme qué pudo pasar la noche anterior.

 "Linda sonrisa... Aún más bella cuando duermes. Que tengas un bonito día."

Y escuché cómo la puerta se cerraba a mi espalda. 
Me recosté, mirando al techo, y reí. Una noche más...

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